YA VIENE EL QUE TIENE FRÍO!!!!!

Solo hacía unos días que había comenzado a trabajar en este centro de mayores, en concreto estaba destinada al ala de demencia. Una serie de estancias un tanto lúgubres, ya que antaño habían sido un convento de monjas de clausura y hoy sus estancias habían sido re-habilitadas para dar tratamiento y cobijo a ancianos con demencias.
Me encantaba el trabajo, no entendía como nadie quería trabajar en aquel centro y como cambiaban tanto de empelados.
Ya empezaba a conocer a los residentes y ese día me encontraba dando la merienda a varios de ellos en una pequeña habitación soleada.
Mientras les daba de comer hablaba un ratito con ellos contándoles cosas banales y haciéndoles preguntas para que el tiempo corriese más deprisa; pues hasta la hora de la cena estaría con ellos yo sola y el tiempo trascurría largo y farragoso.
En ese momento me hallaba con María una residente de procedencia castellana, que hacía muchos años que tenía demencia senil y solo hacía unos meses que había sido trasladada a este centro, pues su familia quería tenerla más cerca.
María era un sol de mujer, ciega debido al azúcar desde hacía muchos años, muchas veces sacaba a relucir su arte castellano y nos amenizaba con alguna canción de las de antes (Manolo escobar, El pequeño Ruiseñor…), su cara surcada de arrugas denotaba bondad y su pelo recogido en un moño siempre lucia siempre blanco y brillante.
En su demencia María no recordaba siquiera a sus hijos, ni mucho menos a nosotras las Auxiliares que la ayudábamos en la vida diaria.
Sin embargo ese día estaba especialmente triste y llorona; sin hacer mucho caso de ello me dispuse a darle la merienda y para que dejase de llorar le di conversación.
-¡María, cariño! ¿Qué te pasa hoy, por qué lloras?
Ella seguía llorando sin consuelo y negándose a merendar. Así que insistí de nuevo:
-¡María, cariño! ¿Qué te pasa hoy, cuéntame por qué lloras?
Al final entre sollozos consiguió responder:
-Ya está aquí el que tiene frío y viene a por mí.
Por contestar algo y que dejase de llorar, sin pensar conteste:
-Corazón, pues si tiene frío no vayas, quédate aquí conmigo. ¿No notas que calentitas y agustito estamos aquí con el sol calentándonos la cara?
Por unos segundos María callo en seco y medio sonrió.
-¿Entonces me puedo quedar contigo? Es que el que tiene frío no quiere, quiere que este con él, contigo no, él no quiere que me quede contigo y yo tengo miedo.
Yo de nuevo y a mi bola, viendo que comía y que dejaba de llorar le conteste sin pensar:
-¡Faltaba más, te quedas conmigo! Dile al que tiene frío que no te vas a ir nunca con él, que te quedas conmigo hasta que venga el que no tiene frío.
Ella de nuevo se puso a llorar, pero de alegría y buscando mis manos, empezó a besarlas y a murmurar.
-¡Vete, vete, me quedo con ella! Esta más negro y más frío, no deja de decir que me quiere a mí.
Sin apenas escuchar realmente sus palabras le conteste:
-Ni caso, tú conmigo.
Al ver de nuevo su sonrisa ya me envalentone y alzando la voz en plan chulo y en realidad solo para conseguir que comiese de una vez y así poder seguir con el trabajo dije:
-¡Te he dicho que no, que se queda conmigo hasta que llegue el que no tiene frío y contigo no se ira nunca, yo no la dejo, no lo consentiré!
Y me quede tan ancha.
Una sonrisa de agradecimiento surcaba el envejecido rostro de María.
Cuando de repente su sonrisa se borró y de una forma lenta y mecánica su cabeza oscilo y muy lentamente ladeo su cuello y clavo en mí su mirada vacía con esos ojos turbios que me miraron sin ver y con voz profunda y sería y dirigiéndose a la vez a una silla vacía que tenía a mi vera dijo:
-¿Si? ¿Me puedo quedar contigo?
De nuevo y ya algo sería conteste:
-¡Que si mujer, vamos come!
Esta vez un frío intenso me invadió, pese al sol que nos daba a las dos en la cara; el semblante de María estaba trasformado, su cara ya no lucia brillante como antes, parecía de cartón piedra; sus ojos me traspasaban, pese a lo absurdo que me pareciese por ser imposible al ser ella ciega, notaba su mirada fría y sin vida clavada en mí; levanto su brazo arrugado y marchito y con una inusual fuerza me agarro, traspasando con sus uñas mi piel y helando mi carne, pues sus manos estaban inusualmente frías; al mismo tiempo se oscureció la habitación ¿Dónde estaba el sol?. Ya no me parecía gracioso, esto empezaba a asustarme; al intentar zafarme de sus manos frías con una voz inusualmente gutural y profunda dijo:
-¿De verdad puedo quedarme contigo?
Yo no tenía ya fuerzas para contestar, estaba al límite, unas lágrimas asomaban por mis ojos; de nuevo su vacía mirada se clavó en mí y con su voz de ultratumba dijo al mismo tiempo que esbozaba una sonrisa cruel enmarcada con sus pocos dientes:
-¡Es que esa monja que tienes sentada a tu lado también tiene frío y quiere estar contigo!!!
Al mismo tiempo mi cabeza era un océano de ideas todas agolpadas al mismo tiempo ¿Cómo sabía ella que antaño esto era un convento? ¿Cómo unos ojos sin vida podían mirar? ¿Cómo…?

Ya no me hice más preguntas, escape de aquella habitación y nunca más volví.  
Autora: Rosa Francés Cardona
Regente de: Herboristería Herbasana Canals Valencia
http://herboristeriaherbasana.es/
Colaboradora en: http://www.enbuenasmanos.com

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