lunes, 9 de diciembre de 2013

Paz o tormento?

Carmen ya pasaba los 87 otoños.
Llevaba unos meses enferma, en estos últimos días apenas había estado unas horas consciente.
Sabía que su final estaba cerca y ello la angustiaba.
Sus hijos no la dejaban ni un día sola, habían ido turnándose puntualmente y nunca les había oído ningún reproche, no obstante ya estaban muy cansados y ello empezaba a enturbiar las relaciones entre los hermanos, aunque intentaran disimular en su presencia, ella era consciente,  pero poco o nada podía hacer por evitarlo.
Aunque pareciese ausente y que no se enteraba de nada, su mente no cesaba de dar vueltas a todos sus errores del pasado; había sobrevivido a 2 hijos y un marido, había trabajado mucho para sacar a sus hijos adelante y había sido una madre muy dura ¡tal vez demasiado dura!
Todos los tendría, hubiese, debí… todos y cada uno de ellos, no paraban de darle vueltas a su cabeza y le martilleaban como una pesada melodía sin parar las 24 horas del día, sin darle descanso, temiendo el fin, temiendo el castigo.
Ese día no hubo cambio de turno; después de la visita de la doctora, acudieron todos y en la habitación vecina susurraban, sin embargo Carmen los oía como si estuviesen a su lado; susurraban diciendo que el último ataque había sido muy fuerte y probablemente no sobreviviría mucho tiempo, pues sus órganos ya estaban fallando y su corazón estaba muy cansado.
¡Dios! ¡Y tan cansada que estaba! Pero ¿cómo afrontar esta etapa?
 Deseaba descansar, pero el miedo la atenazaba.
Esa noche nadie se fue a casa, seguían discutiendo en la habitación vecina, sobre qué hacer cuando muriese, si hacía falta estar todos, si debían irse a casa a descansar…
¡De repente por la ventana entro!
Nunca vio nada tan aterrador, sibilino, profundo; negro y espeso como el petróleo; millones de almas gritaban desde esa profunda y espesa oscuridad, gritaban aterradas, olvidadas y sin salvación; era una sombra tan fea, espantosa y fría que la dejo atenazada de miedo, mientras recorría su cuerpo de arriba abajo, sinuosa cual serpiente, todos sus errores y pecados se hacían más patentes, la sombra la llamaba, le hacía ver que ese era su nuevo y horripilante hogar, nunca ni en sus peores pesadillas, imagino peor destino.
Cuando ya abandonaba su cuerpo, dócil hacia su cruel y merecido castigo, algo le hizo apartar la vista y vio a los pies de su cama a 2 personas. 
Una señora con un pañuelo blanco y vestido claro con un delantalillo negro y a su lado un señor de tez oscura con aspecto de agricultor, ropas humildes y boina, de mediana edad, la estaba mirando.
_ ¡Carmen, Carmen, no mires! ¡Aparta tus ojos de la sombra! ¡Míranos!
Pronto los reconoció, aunque no podía apartar la mirada de su cruel destino, pues no merecía otro.
_ ¡Carmen, Carmen, no mires! ¡Aparta tus ojos de la sombra! ¡Míranos!
Repitieron de nuevo. Y esta vez, si, ella dirigió a ellos sus ojos, que le dirigieron una sonrisa, llena de luz y paz. Los 2 al unisonó tendieron sus manos y dijeron.
_ ¡Ven, con nosotros, no le escuches, no mereces esa condena!
Solo con mirarlos, la sombra se detuvo y removió cual serpiente rabiosa, intentando entrar en su cuerpo, hacerla cambiar de idea; sin embargo esos ojos llenos de paz la embriagaron y le hicieron apartar los ojos de la sombra, casi sin darse cuenta tendió las manos hacia las manos amigas.
Su cuerpo dejo de luchar y su alma lo abandono, no al cruel destino que ella temía, sino a la paz y el amor.
La sombra profunda y oscura abandono entre aullidos y gemidos la habitación, llena de rencor, odio e ira, abandono removiéndose como un animal herido en busca de otra presa.
Días después Mª Carmen, su hija, estaba recogiendo las cosas de su madre y entre antiguos retratos descubrió uno de dos personas que no recordaba quienes eran; una señora con un pañuelo blanco, vestido claro y delantal negro y un señor de tez muy oscura, ropas humildes y boina haciendo tareas del campo.
Sin saber muy bien se detuvo mirando la foto, hasta que recordó que de pequeña su madre le contaba historias de su madrina y su marido, que la querían y habían ayudado mucho; cuando su marido enfermo y se vio sola, sin ayuda y con los críos pequeños.
Cogió la foto y besándola dijo:
-     - Gracias madrina, siempre ayudaste a mama.
--¡Gracias mama!siempre estuviste a mi lado; mejor o peor; pero siempre estabas, nunca nos fallaste.
Desde ese día guardó la foto de su madre, su madrina y su esposo, en un lugar especial, presintiendo una cercanía y una conexión que desconocía y sobrepasaba su entendimiento.
Nunca te dejes vencer por el desaliento y el pesimismo, lucha por ser cada día un poco mejor y no dejes que nadie te convenza de tu falta de valía.

Acupuntora, MTC, hipnosis, Dietética y Nutrición.


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