Ana llevaba muchos años enferma. Aun así, no era de esas personas que viven instaladas en la queja. Cada mañana, recién levantada, se regalaba un pequeño ritual: preparaba su taza de té con plena presencia.
Mientras el agua
hervía, daba gracias a su cuerpo por estar ahí un día más. Al
tomar la taza entre sus manos calientes, agradecía a sus manos por
sostenerla, a su estómago por recibir y digerir, a su corazón por
no faltar nunca y a su mente por acompañarla incluso en los días
difíciles.
En realidad, no hacía nada extraordinario… pero
sí algo profundamente poderoso: se había convertido en aliada de su
propio cuerpo. Y el cuerpo, al sentirse escuchado, comenzó a
responderle.
Con el tiempo, su salud frágil empezó a mejorar.
Aun así, Ana nunca abandonó su ritual. Seguía repitiendo:
gracias,
gracias, gracias,
y recordándole a su cuerpo cuánto lo
amaba.
Incluso incorporó nuevas frases a su práctica:
Suelto
y confío.
Lo siento. Perdóname. Gracias. Te amo.
Mi paz
comienza en mí.
Lo hizo sin expectativas, sin exigir
resultados. Hasta que un día lo comprendió con claridad:
cuando
sanas por dentro, tu cuerpo aprende el camino… y camina
contigo.
Sin saberlo había comenzado de forma intuitiva a
practicar Ho'Oponopono.
¿Y tú, lo prácticas?
Autora: Rosa
Francés Cardona (Izha) |
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