Abro los ojos: son las 3:33.
El
ambiente de la habitación se siente pesado; mi respiración es
helada. De mi nariz sale vapor, confirmando que sí, que la
habitación está gélida, lo cual es extraño, pues es primavera.
La
sensación es la de unos ojos clavados en mí. No me atrevo a
moverme. Es más, me cubro con la sábana hasta la cabeza, cual
escudo de caballero. Me parece sentir una respiración gélida, tal
vez infrahumana, demasiado cerca. Por primera vez en muchos años,
rezo y…
A mi lado estalla una risa cuasi metálica.
—Reza,
reza, si es que aún lo recuerdas… pero de poco te va a
servir.
Cierro los ojos lo más fuerte posible. Sigo cubierta
con la sábana y no sé qué más hacer.
No me atrevo a mover ni
un músculo, ni siquiera a parpadear. Pienso que tal vez, si no me
muevo, esto desaparecerá. Pero no funciona. Ahora lo siento más
cerca, casi encima de mi cuerpo. El aire se vuelve denso, no me deja
respirar. En ese instante sé que no puedo huir.
—¿Recuerdas? Aquel día hace 15 años en el río, cuando creías que te estabas ahogando… ¿Ya sabes quién soy? Ese día no parecía que me temieras tanto.
Lo siento a través de las sábanas: es frío,
demasiado frío. No puedo respirar. El grito se queda atrapado en mi
garganta. Siento que ya no puedo más. Entonces su mano se posa sobre
mi torso…
—¡¡¡Riiing!!!
De pronto suena el
despertador. El peso desaparece. Respiro con desesperación y
agradezco que todo haya sido solo un sueño.
Más tarde, en el
baño, mientras me visto para ir a trabajar, lo veo en el espejo: un
profundo arañazo cruza mi espalda.
No fue un sueño.
Y
ahora sé que eso sigue ahí.
Y me pregunto:
-¿Si rezar no
funciona...?
El baño se vuelve frío de repente.
El vapor
empaña el espejo y, lentamente, unas letras se dibujan en el
cristal:
Sigo aquí.
Autora: Rosa
Francés Cardona (Izha) |
No hay comentarios:
Publicar un comentario