Una vez más nos “tocaba” a María y a mí subir a por sillas.
El edificio de finales del siglo XIX de algo más de 140m. y de
dos plantas, recientemente remodelado; siempre había sido ocupado un lugar
emblemático en la vida social del pueblo.
Primero durante la II república sirvió como lugar de
entretenimiento de las personas del lugar; posteriormente expropiado por el
franquismo y usado como sede de la Falange; hoy en la democracia sigue siendo
centro neurálgico del pueblo y un lugar lleno de vida, pues es usado como sede
de diferentes asociaciones culturales del pueblo.

Una vez en el primer piso, acomodamos apenas dos mesas en el
ascensor y procedimos a bajar juntas, dispuestas a repetir la operación varias
veces más sin interrumpir la charla.
Sin embargo, esta vez la bajada sería muy diferente a las
anteriores.
María pulso el botón de bajada como siempre, pero… el ascensor
no bajo, yo procedí a pulsar de nuevo y… nada, de nuevo y ya con impaciencia
María pulso la tecla de cerrar la puerta sin ningún resultado, yo miré por si,
sin darme cuenta con el vestido estuviera interrumpido el sensor del ascensor,
al comprobar que no era así, volvimos a reír sin saber muy bien qué hacer y ya
cansada y con voz muy sería dije:
-¡Ya está
bien! ¿Pero no ves que no dejas cerrar la puerta? Acércate a mí y bajemos de
una vez.
Recién terminada la frase, la puerta se cerró sola, ante
nuestra mirada atónita, del estupor, en breves segundos, pasamos a una risa
interminable, zanjando aquí la historia; hasta que de nuevo tuvimos que subir a
por más mesas.
Como en un bucle, la historia pareció repetirse de nuevo.
María pulso el botón de bajada como siempre, pero… el ascensor
no bajo, yo procedí a pulsar de nuevo y… nada, de nuevo y ya con impaciencia
María pulso la tecla de cerrar la puerta sin ningún resultado, sin embargo esta
vez pulso muchas veces más, yo miré de nuevo por si sin darme cuenta con el
vestido el sensor estuviera interrumpiendo al ascensor, comprobando de nuevo
que no era así, volvimos a reír sin saber muy bien qué hacer; esta vez y con
risa nerviosa María dijo:
-¿Qué
hacemos, interactuamos de nuevo con el fantasma?
-¡Adelante!
Respondí,
pero pasándole la “pelota” a ella.
-¡Vamos,
pasa, acércate!
De forma instantánea la puerta se cerró, dando paso a otra
serie de risas.
María mirando hacia la nada, se atrevió a decir:
-Bueno,
ya que no dejas de viajar con nosotras, tendrás que presentarte por lo menos.
De forma impetuosa el ascensor se detuvo en seco, las puertas
se abrieron y cerraron cual vendaval furioso,
la alarma del ascensor comenzó a sonar y el acople del sonido que bajo estaban
probando sonó cual fiera iracunda rugiendo furibunda ante una adversidad;
dejándonos pasmadas, quietas y sobre todo, sin risa.
Todo ocurrió en unas milésimas de segundo, acto seguido el
ascensor bajo y nos dejo en nuestro destino, con la boca abierta y aún sin
saber cómo reaccionar. Lo bueno de esta historia es que llegamos a la
conclusión que nuestro ¿nuestro? ¡Si, nuestro! Nuestro fantasma (pues solo nos
paso a nosotras) tiene confianza ya con nosotras y le gusta viajar en el
ascensor acompañándonos. La verdad es que salvo el susto inicial ninguna nos
quedamos con mal sabor de boca, solo con ganas de volver a subir otra vez a por
más mesas y ver si de nuevo interactúa con nosotras.
Ciertamente me encantaría saber que secretos guarda tal
edificio, tan emblemático, centro neurálgico de la vida social de una ciudad y
con tanta carga política, desde hace ya 2 siglos.
Acupuntora, MTC, hipnosis, Dietética y Nutrición.
Redactora en: http://www.enbuenasmanos.com/
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