Clara siempre sonreía.
Clara siempre estaba
ahí para ayudarte, para apoyarte, para darte una mano cuando la
necesitabas.
Cuando le preguntaban cómo estaba, ella también
sonreía. Restaba importancia a lo que le dolía y siempre encontraba
excusas para justificar a quienes le hacían daño.
No quería
conflictos. No quería decepcionar a nadie y, sobre todo, tenía
miedo de mostrar cómo se sentía realmente, de expresar cómo la
hacían sentir los demás.
Así que, desde muy pequeña, Clara
aprendió a callar.
Y por suerte o por desgracia tuvo que
aprender a fuerza de lecciones de vida que: lo que callamos, que lo
que guardamos dentro sin darle voz, que lo que escondemos puede ir
acumulándose poco a poco, hasta que un día nos desbordamos y ni
siquiera sabemos por qué.
Eso le pasó a Clara.
Un día,
sentada frente al mar, mientras contemplaba el sol en el horizonte,
rompió a llorar sin consuelo.
No sabía qué le pasaba. No
entendía qué estaba sucediendo. Si, aparentemente, todo estaba
bien, ¿por qué sentía aquella tristeza tan profunda? ¿Por qué no
podía dejar de llorar?
Y lloró. Lloró mucho, sin saber ni
entender el motivo.
Hasta que, poco a poco, las lágrimas fueron
dejando espacio a una pregunta.
¿Qué estaba pasando?
Clara
se esforzaba por hacer las cosas bien, por ayudar a los demás, por
estar siempre disponible, por regalar sonrisas incluso cuando por
dentro no tenía fuerzas para sonreír.
Pero en ese momento otra
pregunta se presento sin ser invitada, sin permiso e invadiendo todo
su espacio ¿quién estaba ahí para ella?
Se dio cuenta de que
estaba cansada. Cansada de fingir que todo estaba bien para que los
demás estuvieran bien. Cansada de mantener una sonrisa para que
nadie se sintiera incómodo. Cansada de dejarse a sí misma para el
último lugar. Cansada de sentirse sola en su angustia y
dolor.
Entonces comprendió que estaba pagando un precio
demasiado alto: su bienestar, su integridad, su salud, su paz.
A
partir de aquel momento, Clara intentó algo diferente.
Comenzó
a reconocer su dolor, en lugar de esconderlo.
Comenzó a poner
límites.
Aprendió a decir no cuando algo no le venía bien,
cuando no podía o, sencillamente, cuando no quería.
Empezó a
alejarse de aquello y de aquellas personas que la lastimaban, aunque
hacerlo también le doliera.
Y no ocurrió de un día para otro.
Ni al día siguiente, ni al mes siguiente, ni siquiera al otro.
Fue
un proceso, un proceso largo y duro.
Hubo dudas, culpa, momentos en los que volvió a caer en sus viejas costumbres y días en los que le costó recordar todo lo que estaba aprendiendo; momentos en los que la incomprensión y dureza de los demás la hicieron flaquear.
Pero, con el tiempo,
comprendió que perdonar no significa permitir que te hieran una y
otra vez.
Que amar tampoco significa tener que aguantarlo todo,
hacerlo todo o estar siempre disponible.
Que ser una buena
persona no te obliga a sostener a los demás, cuando tú misma no
puedes contigo,
ni a sacrificar tu
salud y tu tranquilidad para que los demás estén cómodos.
Clara
aprendió a protegerse sin dejar de ser ella misma.
No dejó de
ser sensible. No dejó de ser amable. No dejó de ayudar a los demás
ni de sonreír.
Simplemente, aprendió que ella también merecía
recibir el mismo cariño, la misma comprensión y el mismo cuidado
que tantas veces ofrecía a los demás.
Aprendió (bueno, sigue
aprendiéndolo cada día) a sonreír cuando de verdad le nacía, a
llorar cuando lo necesitaba y a expresar lo que sentía sin tener que
disculparse por ello.
Y, poco a poco, su sonrisa volvió a ser
real. Esas ganas de llorar nunca volvieron.
Porque Clara
comprendió algo que nunca debió olvidar:
No tienes que decir
siempre que estás bien.
No tienes que hacer
siempre lo que los demás esperan de ti a costa de romperte por
dentro.
Tu dolor merece ser escuchado.
Tú mereces pedir
ayuda, si la necesitas.
Tus límites merecen ser respetados.
Y
tu paz merece ser protegida.
Porque cuidarte no te hace menos
buena persona. Te recuerda que tú también importas. 🌿
Autora: Rosa Francés Cardona (Izha) |

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