Aprendamos a decir como nos sentimos, lo que deseamos, lo que
pensamos…
Cuando tu respuesta es siempre el silencio, cuando no te
atreves a decir a algo que no, cuando quieres quedar bien con todo el mundo…
Al final tu cuerpo enferma, revienta, explota… de la manera
más inesperada: Una enfermedad grave, un ataque de ansiedad, una depresión, un
ataque de ira, etc.
Y lo que es peor tu cuerpo se resentirá y también las personas
a las que no has querido ofender, pues no entenderán ese cambio, esa
enfermedad… y también la o las personas con las que al final explotes sin
motivo.
Todo ello solo conseguirá que te sientas peor, entrando en una
espiral de la que cada vez será más difícil salir.
El silencio comienza siendo una respuesta esperanzada, generosa y amable hacia
aquellas personas que no queremos fallar, pero al final es una respuesta
clasista y egoísta hacia nuestro propio conocimiento; creemos que anteponemos
la felicidad de los demás callando y “aguantando” cuando lo que hacemos es
sumergirnos en nuestro propio infierno, del que cada día será más difícil
emerger.
Seamos consecuentes, dejemos la corrección a un lado y
asumamos nuestros pensamientos.
Dejemos a un lado la lógica, sin martirizarnos por ello.
No nos machaquemos si un día decidimos abandonar la madurez y ser como niños.
Aprendamos a decir no, a reír de nuestras torpezas, a no tener en cuenta las
faltas de los demás y sobre todo a hablar, decir y hacer conforme nuestro
corazón nos dicte.