Cada día atravesaba el parque para poder arrancar unos minutos al día y llegar antes trabajo. Caminaba rápido, casi corriendo, sin detenerme a mirar nada fijo, ni las aves, ni las flores, ni los árboles… Tenía demasiada prisa, el reloj era mi enemigo cada mañana, el trabajo se acumulaba por momentos…
Pero aquel día no iba a ser uno más.
Mientras cruzaba el parque casi corriendo, sin detenerme a mirar nada, para llegar antes al trabajo ; como siempre; un niño pequeño me detuvo. Al principio pensé en seguir mi camino; no podía llegar tarde al trabajo; pero al no ver a ningún adulto cerca, pensé que quizá se había perdido; así pues, muy a mi pesar, me detuve.
Aquel
de las narices me haría llegar tarde; aunque muy a mi pesar me
detuve junto a él.
Él niño me miro y solo dijo:
-¿Has
visto el árbol de oro?
Muy confundida, respondí:
- ¿De oro? Aquí solo hay árboles normales y corrientes.
No pareció molestarle mi respuesta. Seguía mirando fijamente hacia un punto.
-¿Y tus padres?
Seguí hablando, más preocupada por el tiempo que se me echaba encima, que por cualquier otra cosa.
Sin inmutarse me cogió de la mano y sin dejar de mirar me dijo.
-¡Mira… mira bien ese árbol!
En ese preciso instante el mundo se detuvo.
Quedé sin palabras.
La luz atravesaba sus hojas verdes mientras el viento las acariciaba suavemente. El sol se colaba entre las ramas creando una maravillosa danza de pequeños destellos dorados. Era como si el árbol estuviera hecho de luz.
Pasaba
por allí cada día.
Cada día cruzaba el parque corriendo y… jamás lo había visto.
Tanta belleza a mi lado y yo solo corría y corría para no llegar tarde.
Cada día despertaba esperando una señal, un milagro, un gran cambio en mi vida… sin tiempo para ver los milagros que suceden cada día a nuestro alrededor.
Aquel niño desde su inocencia, me enseño algo que yo hacia mucho que había olvidado: a mirar, a detenerme, a maravillarme con lo cotidiano.
Deje de esperar lo extraordinario… porque ya estaba a mi alrededor.
La prisa, el estrés, la costumbre… nos hacen olvidar que estamos rodeados de maravillas, de señales, de instantes.
Deja de buscar tanto. La respuesta quizás ya está a tu lado.
NO ESPERES MILAGROS… ESTÁS RODEADA DE ELLOS.
Autora: Rosa Francés Cardona (Izha) |