Aquel día Ana y sus amigas fueron invitadas a una fiesta.
Realmente esa invitación era el sueño de cualquier adolescente.
Sin
embargo
su madre en
un acto de amor, envuelto en restricciones no
se le
permitió una vez más asistir.
Parecía que siempre era ella quien se quedaba sin salir, quien se
quedaba sin reír, quien se quedaba sin disfrutar ni conocer gente;
en
realidad el dolor de sentirse profundamente incomprendida la llevaba
a una profunda frustración.
Ana
se enfado con su madre como hacía años que no lo hacía; ella ya se
sentía completamente adulta a sus 15.
Así que aquel día pensó
que se lo haría pagar caro; no
se lo iba a perdonar. Ana
adopto el silencio como arma para mostrar su descontento. Con cada
día que pasaba el vació entre ambas era más palpable.
Su
madre hacía como si no se diera cuenta. Le hablaba aunque su
única
respuesta fuera
el eco de su voz.
Le decía cosas sencillas como:
-
Hoy hace buen día.
-
No olvides abrigarte.
- No olvides la mochila.
O
cualquier otra frase cotidiana. Y aunque Ana no contestaba, su madre
actuaba como si no percibiera aquel silencio.
Sus amigas la
llamaban para compartir las risas de la fiesta , lo que aceleraba su
corazón y la rabia y el orgullo hicieron aún más de ladrillos ante
el muro que había comenzado a separar a Ana de su madre, impidiendo
que el amor fluyera en ambas direcciones.
Sin embargo el tiempo
en su infinita sabiduría comenzó a sanar las heridas, el enfado fue
desapareciendo, especialmente cuando se enteró de que la fiesta
había sido un desastre; esta noticia le llego cual bálsamo para su
alma. Sus amigas habían bebido más de la cuenta, lo habían pasado
realmente mal y, además, fueron castigadas durante mucho, mucho más
tiempo del que podían imaginar.
Cuando Ana volvió a
hablar con su madre, esta la sentó a su lado y no hubo reproches,
solo se hizo presente un dialogo de amor y entendimiento, la madre
con infinita ternura, compasión y amor le compartió una verdad que
permanecería en el corazón de Ana para siempre:
—¿Sabes,
Ana? Cuando te enfades con alguien que te ama, no cierres tanto tu
corazón. El enfado es pasajero, pero las palabras que se dicen sin
pensar y los abrazos que no se dan pueden quedarse para siempre. Las
primeras dejan heridas profundas; los segundos, vacíos difíciles de
llenar. Por eso es mejor hablar, escuchar y comprender antes de que
el tiempo te robe la oportunidad de perdonar, porque el tiempo te
roba a veces la oportunidad de perdonar, aunque no lo creas.
Hoy,
Ana guardo sus palabras como un faro que la iluminaría siempre en
momentos de conflicto.
Con
los años comprendió que quien ama no siempre te da lo que quieres,
sino aquello que necesitas. Entendió también que muchas veces los
límites son una forma de amor y que quienes los ponen suelen ser
quienes más desean verte bien.
Por eso, cada vez que
surge un conflicto, respira profundamente, agradece y recuerda que la
paz comienza cuando dejamos de querer tener siempre la razón y
elegimos comprender antes que juzgar.
Porque el amor
florece allí donde el orgullo termina.
Autora: Rosa
Francés Cardona (Izha) |