Ana solo quería vivir una vida
sencilla: estar junto a su pequeño, pasear en bote por las aguas
cristalinas del lago, ver a su esposo José pescando, compartir
confidencias y risas junto al fuego, recogiendo moras silvestres…
En
cambio José soñaba con algo más grande.
Quería
una casa enorme,
espaciosa, llena de comodidades...
Así que se puso a ello.
Cada
día después de su trabajo, seguía con otros encargos, muchas veces
(demasiadas) hasta las tantas de la noche.
Así
fueron pasando los años hasta que al fin compro un terreno y se puso
a construir la casa de sus sueños. Ana siempre le decía que no
trabajará tanto, que salieran a pasear, que estuviera más tiempo en
casa con el niño y con ella... no necesitaban tanto.
José
solo pensaba en un futuro perfecto, en su mansión llena de objetos y
su familia sentada alrededor de una mesa perfecta...Hasta que un día
por fin llego su momento soñado: “había conseguido su
sueño”.
Llegó a casa emocionado y feliz por haber terminado
su proyecto llamando a su esposa y a su hijo…
Solo
respondió el silencio.
Una
casa vacía.
Y
una nota:
-”José, amor…
En
la nevera está la cena, solo tienes que calentarla en el micro.
Sé
que estás a punto de terminar esa preciosa casa tuya, disfrútala;
disfrútala y sé feliz en ella.
Nosotros
nos hemos ido a casa de mi madre.
Me
duele quedarme en un lugar lleno de recuerdos de cuando éramos
felices,,, pero también de ausencias, de llantos, de ver crecer a
nuestro querido hijo con un padre ausente, de envejecer sola, de amor
no correspondido…
José,
te amo tanto como el primer día. Pero te perdí hace ya mucho
tiempo.
Yo
lo tenía todo y sin embargo tú querías más, no tenías bastante
con esta familia humilde, cuando a mi me sobraba el mundo solo con
mirarte.
Pero
hoy sé que merezco mucho más que migajas, merezco alguien que elija
cada día como prioridad, no como premio de consolación.
¡Cuídate
por favor!”
José se quedo de pie, en silencio en medio y
entonces
lo
entendió:
Había
construido una casa… pero había perdido un hogar.