¿Te has parado a pensar qué pasaría si dejáramos de seguir caminos seguros, impuestos, heredados?
¿Si, en lugar de eso, nos permitiéramos guiarnos
por la intuición?
Tal vez el mundo sería más feliz. Tal vez
habría más pintores, más músicos, más personas creando desde lo
que aman. Seguramente existirían menos enfermedades psicológicas:
sonreiríamos más, seríamos mejor atendidos en las consultas
médicas, en los ministerios, incluso en la caja del
supermercado.
Quizá no tendríamos tantas riquezas materiales,
pero seríamos multimillonarios en vivencias, en sonrisas, en calma.
Tendríamos más paz y, sobre todo, viviríamos en coherencia con
nosotros mismos.
Una vez conocí a una joven que se puso a
estudiar algo “tenía futuro”, al menos eso le decían todos, ese
día conversamos mucho sobre el motivo que la llevaba a estudiar esto
y no otra cosa que le llenará más y es que ella pese a su juventud
tenía muy claro que quería triunfar y llevar una vida cómoda;
aunque esto no salió como esperaba; años después casada, con una
hija y un trabajo brillante se le podría considerar una triunfadora,
sin embargo tras muchos años sin tener relación con ella me llamo
para tomar un café y hablar. Ese día me sorprendió al verla llegar
sin ropa de marca, sin tacones imposibles, sin aquellas mechas
perfectas que tanto la definían.
Comenzó a hablar disculpándose por haber roto la relación, decía que yo seguía en mi pueblito sin muchas aspiraciones y ella era una triunfadora; a cuadros estaba yo escuchándola cuando siguió hablando; día después del trabajo y tras mucho tiempo de terapias y de insatisfacciones recordó nuestra última conversación y desde ese día mis palabras le habían acompañado como un eco persistente. Aunque aún tardo un tiempo en tomar la decisión, finalmente cambio de de rumbo y se dedicó a lo que siempre le había gustado.
El precio de su paz interior estaba siendo alto: nadie la entendía, su familia, sus hijos...lágrimas recorrían muchas noches su rostro, miedos la acechaban; sin embargo el camino ya estaba tomado y quería compartirlo conmigo. Tiempo después la vi en su pequeña tienda de barrio atendiendo con una sonrisa tranquila, sin prisas, con una presencia que se notaba. No se había hecho rica en dinero, pero sí en algo mucho más valioso: estaba en paz.
Su ropa no era cara, pero su presencia era real. Sus amigos ya no estaban, pero se había recuperado a si misma. Su pelo no era de peluquería, pero su mirada estaba en paz. Había perdido expectativas, riquezas, máscaras… y en ese vació por fin se había encontrado.
Autora: Rosa
Francés Cardona (Izha) |