Esta tarde durante el paseo me he encontrado con una imagen de un candado oxidado, viejo y casi destruido, colgando de una reja.
Y he recordado que muchas personas simbolizan así su amor, un candado atado a una verja, a una valla, en un puente...
Los candados nacen brillantes, como casi todos los amores: llenos de promesas, de ilusiones, de frases como ‘para siempre’, ‘hasta que la muerte nos separe’ o ‘para siempre jamás’.
Pero al igual que al metal, el tiempo tampoco perdona a las personas.
La lluvia, el aire, los años, hacen lo suyo.
En el amor: los besos no dados, las palabras no dichas, los silencios descuidados... terminan oxidándolo todo.
Entonces el amor deja de brillar, aunque resista tormentas.
Algunos amores se quiebran.
Otros permanecen atados por costumbre, por miedo o simplemente por el recuerdo de lo que alguna vez fueron.
Y es que el problema no está en oxidarse, porque todo cambia con el tiempo.
El problema empieza cuando ya nadie intenta tocar el metal, limpiarlo, cuidarlo, abrirlo para que respire.
Porque un amor vivo no siempre luce nuevo.
A veces está desgastado, marcado, imperfecto… pero sigue teniendo un brillo interno.
Otros, en cambio, brillan por fuera aunque estén vacíos por dentro.
Y este candado me ha recordado que tal vez el amor no muere cuando pierde el brillo.
Tal vez tampoco muere cuando queda colgado, oxidado, como un viejo candado que nadie recuerda haber puesto ahí.
Tal vez el amor muere solamente cuando se abandona.
Autora: Rosa
Francés Cardona (Izha) |
No hay comentarios:
Publicar un comentario