¿Sabes? Llega un momento en la vida en el que comprendemos que cualquiera puede ser
grande, porque cualquiera puede amar y servir.
Yo lo entendí un día común,
al salir de una reunión en la pequeña iglesia del pueblo. Me di
cuenta de que mamá, en silencio, comenzó a recoger las sillas. En
realidad, siempre lo hacía, pero no fue hasta ese día que comprendí
la profundidad de aquel gesto sencillo, cargado de amor y desinterés.
Nadie se lo agradecía; ni siquiera el pastor la mencionó alguna vez
en el sermón.
Pero ese día fue distinto para mí. A través de
su sonrisa —dirigida hacia mí, mientras me miraba con ternura y
paciencia tras mi pequeña rabieta al notar que solo ella se quedaba—
algo se abrió en mi interior. Aún no sé explicarlo del todo, pero
fue su silencio amoroso el que me llevó a entender que son esos
pequeños gestos los que sostienen los espacios y a las personas que
vendrán después.
Desde ese día, sin preguntarle nada, en
silencio y con amor, comencé a quedarme con ella a guardar las
sillas. Hice mía su lección. Y así aprendí que:
Sigue
adelante, incluso cuando no tengas un cargo importante ni un título
que te respalde. La verdadera grandeza no siempre se ve, pero siempre
está presente.
Sé roca y refugio en medio de las tormentas,
porque aunque muchas veces no lo sepas, alguien sigue en pie
únicamente porque encontró en ti un lugar seguro.
Autora: Rosa
Francés Cardona (Izha) |
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